sábado, 22 de junio de 2013

Pablo Raúl Trullenque

Por José Félix Luna  (en El Punto y La Coma)
Pablo Raúl Trullenque fue un poeta, escritor, letrista y coplero nacido en Santiago del Estero el 13 de enero de 1934 y fallecido el 5 de setiembre del 2000.
Huérfano de padre desde los cuatro meses, fue lustrabotas, vendedor de diarios y, años más tarde, ayudante de sastre, oficio que le permitió ganarse la vida con decoro.
Proveniente de una familia de músicos, desde temprana edad se dedicó a animar fiestas estudiantiles y recitar glosas escritas por él.
En 1957 se mudó a Buenos Aires donde se relacionó con el cantor Roberto Rimoldi Fraga, para quien compuso una serie de encendidas piezas de desbordante fervor nacionalista, como “Argentino hasta la muerte” o la obra integral “Los Federales”.
En su vasta producción se distinguen claramente dos vertientes, una caracterizada por la etapa en que colaboró como glosista de Rimoldi Fraga y la otra, de mayor vuelo poético y temático, cuando se reveló como el autor más importante que haya dado esta provincia en los últimos años.
A partir de su humanismo a ultranza, concibió un arte poético donde caben su naturaleza de hombre santiagueño, su amor por la tierra, su convicción de que lo tradicional es la fuente natural para la fisonomía de un pueblo, sus ideas de poeta, su estilo y su técnica de creador de canciones populares y la pauta de su fundamental gravitación en el proceso de jerarquización literaria de nuestro folklore.
Es evidente, porque se evidencia en su obra y en su conducta intelectual, que jamás renunció a su condición de poeta para convertirse en letrista de canciones. Entrevió, más bien, que si escribía sus poemas sólo para la revista o el libro, condenaba a su obra a una supuesta circulación de élites.
Por eso eligió para su expresión de poeta la canción; porque entre pecho y espalda portaba un bombo y una guitarra y porque advirtió que la nación era nuestra manera connatural de divulgación literaria y la gran imprenta capaz de comunicar la poesía en gran escala.
Los que aún sostienen que Pablo Raúl Trullenque fue un poeta “menor” porque se limitó a escribir letras para canciones populares, no tienen la menor idea de lo que es ser poeta ni de lo que fue Pablo Trullenque. Él expresó a Santiago del Estero con versos que establecieron una hermandad entre los fantasmas del pasado y los hombres vivientes que hacen la continuidad esencial de un pueblo.
Pero como era un hombre viviente -¡y en qué medida lo era!- conjuró en sus canciones a las cosas, a los paisajes y las costumbres del pasado con ideas poéticas tan presentes que fue capaz de consumar una nueva poesía.
Para todas sus canciones empleó, con exquisita elección, el léxico popular, pero con sonidos capaces de transmitir ternuras, amores y compadecimientos.
Esta es, acaso, la cifra capital de la belleza que logra modular en sus inconfundibles metáforas: “Es una falta envido envido su corazón”, “Es un camino que anda solo bajo el sol”, “Por fincas perfumadas”, “Tu boca, enjambre de besos”, “Hoy mi mesa y mi guitarra, mañana mi último abrigo”.
Coplero por excelencia, cultivó la secular tradición española de manera impecable, pero sin permitir que la avara métrica le limite. Si hubiera escrito poemas correctos, poemas regulares, provistos de una gramática tradicional, probablemente hoy sería uno más en la lista de las antologías y las “antojolías”, uno de esos poetas que se leen un par de veces en la vida sin que lleguen a provocar ninguna modificación en nadie.
Pero tuvo la envidiable intuición de olvidarse de los dogmas de la cultura oficial para acercarse al hombre de la calle, al del monte y el campo, al del barrio, al del vino compartido, al amigo amanecido y solo.
Fue varias veces honrado y condecorado: recibió el premio “Cóndor” otorgado por la fundación Estampas y Memorias de la ciudad de La Plata; el premio “Reconocimiento” del centro cultural de la Universidad Nacional de Tucumán, el premio “Ricardo Rojas”, otorgado por la municipalidad de Santiago del Estero, que asimismo le otorgó el título de “Ciudadano distinguido”.
La diócesis de Santiago del Estero lo reconoció con el premio “Eslabón”, en julio del 2000, la Sociedad Argentina de Autores y Compositores lo homenajeó en esta ciudad, oportunidad en que recibió el premio “Chango”.
Una de las bibliotecas populares de esta ciudad lleva su nombre y la Legislatura Provincial lo declaró “Ciudadano ilustre”.
Pero su mayor premio es más sencillo y se renueva todos los días cuando se juntan los compadres y se ven los amigos, cuando las tardes de los viernes se va con los últimos pájaros y empieza lentamente la ceremonia del fuego y del encuentro, la magia convocante del asado.
Cuando la guitarra y el vino despiertan juntos y la mesa es un nido de abrazos y de risas y palabras, cuando cualquiera afina y el otro pide un bombo, cuando arranca el rasguido y la voz se prepara para cantar la copla; es el momento en que, esquivando la tristeza, baja su nombre prendido de los versos para presidir el encuentro de los amigos.
Quiero creer que eso quería Pablo Trullenque, eso buscaba desde que comenzó a escribir.
Estar volviendo siempre.

sábado, 15 de junio de 2013

LUZ

Por Mabel
barriocopacabanaresidencial@gmail.com

Sobre un fondo
de ceniza,
oscuros nubarrones
dibujan sus formas.
Entre ellos,
un punto
de luz
explota…
y
atrapa
mi mirada.
¡Metáfora de mi vida
en un atardecer
de otoño!

sábado, 8 de junio de 2013

MONÓLOGO EN EL MAR

Por Elétor
hectorco@infovia.com.ar
¡Serenidad! Es lo que necesito en estos momentos. No tengo noción del tiempo, ni recuerdos firmes de lo que pasó. Sólo el grito entrecortado ¡fuego en la sala de máquinas! Fueron la voz de alarma de que algo grave había ocurrido en la nave. Luego el resoplo sonoro de un tremendo estallido, que hizo agitar a toda la embarcación y mi sueño interrumpido tumultuosamente, se relacionó con la desorientación de las corridas de los demás tripulantes. ¡A los botes, a los botes! fue el aullido de una voz resonante y el apresurado entrecruzarse de brazos y manos, retorciéndose sobre los salvavidas agitados en el apresurado escabullirse del barco que inevitablemente era tragado por el mar. Corrí, ayudé mientras pude pero un tremendo impacto en mi cabeza me hizo perder el conocimiento. Ya no supe nada del destino de los demás tripulantes del carguero Nautilos que se dirigía a Cabo Verde. Ahora, que he recobrado mi memoria, me encuentro solo en este bote, semejante a una cáscara de nuez, rodeado de un océano infinito y un cielo estrellado que me atenaza con sus relucientes estrellas que parpadean mudas rasgando con sus pálidas luces, la negra noche donde el vaivén del bote me mece, convirtiéndose en una cuna que navega hacia la nada de una muerte segura. Me adormezco y mis pensamientos me llevan silenciosamente junto a Sara, que con sus caricias trata de consolarme, me muestra su amor, rodeando con sus largos brazos como en un círculo mágico mi cuello y el de nuestro complacido hijo Esteban.
El sueño me invade, quiero mantener los párpados abiertos, pero me resulta imposible, lucho contra mi propio letargo, el mar se hace más denso y tenebroso, se agita y golpea fuertemente contra el bote; las estrellas se precipitan rápidamente sobre mí y en ese torbellino las figuras de Sara y Esteban se van esfumando de a poco, hundiéndose en la lejanía. Pensé en un rescate milagroso, pero se va postergando y la muerte se acerca como una sombra, pero tal vez…

sábado, 1 de junio de 2013

LOS DADOS RUEDAN SOBRE EL PAÑO VERDE

Por Telésforo

telesforoagarre@gmail.com

Antes de que el cabo Thomas Jones resultara muerto por un francotirador japonés en el Pacífico central en 1944, escribió lo que llamó su “última voluntad” a quien encontrara su diario: que por favor se lo dieran a Laura Mae Davis, la chica que amaba.
Davis sí llegó a leer el diario pero casi 70 años después, cuando lo vio exhibido en una vitrina del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial.
“No tenía ni idea de que hubiera un diario allí”, afirmó la mujer, oriunda de Mooresville, Indiana, de 90 años de edad. Los ojos se le llenaron de lágrimas al verlo.
Laura Mae Davis Burlingame, quien se casó con un miembro del Cuerpo Aéreo del Ejército en 1945, fue al museo de Nueva Orleans el 24 de abril para ver si había algún recuerdo del joven infante de Marina que había sido su enamorado en la secundaria. “Pensé que me gustaría ver fotos de él y de los compañeros con los que había prestado servicio y artículos acerca de dónde fue”, dijo. Así que le sorprendió encontrar el diario del joven de 22 años de edad que manejaba una ametralladora.
El curador Eric Rivet le permitió revisar el diario, utilizando guantes blancos para proteger los viejos papeles de la grasa de la piel. Fue la primera vez en sus 17 años de trabajo en el museo que alguien encontró “una mención sobre sí mismo en uno de los objetos exhibidos en el museo”, expresó Rivet.
El diario fue un regalo de Davis a Jones. Se habían conocido en 1941, en la secundaria de Winslow. “El era jugador de básquet y yo porrista”, dijo Laurie Davis.
Jones le dio su anillo de graduación pero no estaban comprometidos para casarse. Habían salido juntos durante la secundaria y asistieron como pareja al baile de graduación.
Thomas Jones escribió sus primeras líneas en el diario cuando era soldado raso en Camp Elliott (San Diego), poco menos de un año antes de que muriera. Lo describió como “la historia de mi vida en mi paso por el Cuerpo de Infantería de Marina de América... Y sobre todo mi amor por Laura Mae, de la cual mi corazón está completamente lleno. Así que si tienen la oportunidad, por favor, devuélvanselo a ella. Escribo esto como mi última voluntad”.
Jones murió el 17 de septiembre de 1944 como consecuencia de una bala disparada por un francotirador que le atravesó la frente en el tercer día del asalto de los americanos a Peleliu, una isla del archipiélago de Palaos en el Pacífico.
Una fotografía de ella cubre casi toda la contratapa del diario, de 10 x 17 centímetros. La imagen en sí es en blanco y negro, pero el fotógrafo pintó sus mejillas de color rosa y sus labios de color rojo oscuro.
Ella se la había dedicado: “Con amor, Laurie”.
[Hasta hace 15 días, pocas personas conocían la existencia de la isla de Peleliu. Hoy, millones sabemos de su existencia y que en esa lejana isla se libró una batalla en la Segunda Guerra Mundial.
Nuestro conocimiento no es consecuencia de que el combate en cuestión haya ingresado a los manuales de la alta estrategia militar sino de un hecho menor, cotidiano, personal, íntimo: la calentura de dos adolescentes.
Los dados danzan sobre el paño verde.
Leyendo con cierta atención, podemos colegir que más que el amor de Thomas y Laurie, el detonante fue “el diario” que Thomas Jones comenzó a escribir una aburrida tarde de 1943.
Así, más que la pasión, la simbolización de los sentimientos ha permitido que hoy conozcamos a la isla Peleliu .
Los dados giran sobre el paño verde.
Asimismo, el ESTADO (“todos” los Estados tienen el aliento fétido y las muelas podridas por devorar carne joven) se olvidó de “la última voluntad” del combatiente Thomas Jones, a quien había enviado a morir en una lejana isla del océano Pacífico.
Pero como la tribuna exige jueguitos (vanas demostraciones), crearon el Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial.
Allí, se “rencontraron” Thomas y Laurie.
Los dados patinan sobre el paño verde.
Laurie se casó unos meses después de la muerte de Thomas.
Un romántico trasnochado como Hamlet hablaría de la “fugacidad del amor” y García Lorca despotricaría porque con mujeres así, él no podría componer, con verosimilitud, a una Rosita.
Pero como “donde hubo fuego, cenizas quedan”, Laurie se emocionó hasta las lágrimas cuando se vio reflejada en el diario que ella le había regalado al baskebolistas casi 70 años atrás.
Dios no juega a los dados. Juega al bingo.]

sábado, 25 de mayo de 2013

LOS ABUELOS

Por Enrique Orschanski
En los últimos 50 años, nuestro estilo de vida familiar cambió drásticamente como consecuencia de un nuevo sistema de producción.
La inclusión de la mujer en el circuito laboral llevó a que ambos padres se ausenten del hogar por largos períodos creando como consecuencia el llamado “síndrome de la casa vacía”.
El nuevo paradigma implicó que muchos niños quedaran a cargo de personas ajenas al hogar o en instituciones. Esta tercerización de la crianza se extendió y naturalizó en muchos hogares.
Algunos afortunados todavía pueden contar con sus abuelos para cubrir muchas tareas: la protección, los traslados, la alimentación, el descanso y hasta las consultas médicas. Estos privilegiados chicos tienen padres de padres y lo celebran eligiendo todos los apelativos posibles: abu, abuela/o nona/o bobe, zeide, tata, yaya/o opi, oma, baba, abue, lala, babi, o por su nombre, cuando la coquetería lo exige.
LOS ABUELOS NO SÓLO CUIDAN, SON EL TRONCO DE LA FAMILIA EXTENDIDA, LA QUE APORTA ALGO QUE LOS PADRES NO SIEMPRE VISLUMBRAN: PERTENENCIA E IDENTIDAD, FACTORES INDISPENSABLES EN LOS NUEVOS BROTES.
La mayoría de los abuelos siente adoración por sus nietos. Es fácil ver que las fotos de los hijos van siendo reemplazadas por las de éstos. Con esta señal, los padres descubren dos verdades: que no están solos en la tarea y que han entrado en su madurez.
El abuelazgo constituye una forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez.
Lejos de apenarse, sienten al mismo tiempo otra certeza que supera a las anteriores: los nietos significan que es posible la inmortalidad. Porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. La batalla contra la finitud no está perdida, se ilusionan.
Los abuelos miran diferente. Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. Para opinar, por ejemplo o para recordar.
Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; a veces tienen miedo de no poder decir todo lo que quieren.
La mayoría tiene las manos suaves y las mueven con cuidado. Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca.
Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable.
Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Pero entonces, no las veían, de tan preocupados que estaban por educarlos. Algunos todavía saben jugar a cosas que no se enchufan.
Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre?
Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. Los que los tienen lejos, deberían procurarse uno, siempre hay buena gente disponible.
Finalmente, para que sepan los descreídos: LOS ABUELOS NUNCA MUEREN, SÓLO SE HACEN INVISIBLES.

sábado, 18 de mayo de 2013

Nínive y “los jardines colgantes”



Por Telésforo

telesforoagarre@gmail.com

La ubicación geográfica de una de las siete maravillas del “mundo antiguo”, los llamados jardines colgantes de Babilonia, ha sido uno de los grandes misterios de la llamada “Antigüedad”.
Por no haber encontrado ningún rastro de ellos en los vestigios de Babilonia, algunos arqueólogos dudaron de su existencia.
Ahora, una académica británica reunió una cantidad de pruebas textuales para demostrar que estaban en Nínive, a 480 kilómetros de Babilonia, a comienzos del siglo VII AC.
Después de 18 años de estudio, Stephanie Dalley (Universidad de Oxford) llegó a la conclusión de que fueron construidos por los asirios en el norte de Mesopotamia –actualmente Irak– y no por sus grandes enemigos, los babilonios, en el sur.
Su investigación demuestra que quien llevó a cabo esta proeza de ingeniería y arte no fue el rey babilonio Nabucodonosor sino el rey asirio Senaquerib.
La evidencia presentada por Dalley, experta en lenguas de Medio Oriente, surgió al descifrar las escrituras cuneiformes babilonia y asiria y reinterpretar posteriores textos griegos y romanos. En estos figuraba una inscripción asiria del siglo VII a.C. que, según pudo descubrir, había sido mal traducida a principios del siglo pasado. Se sorprendió al encontrar la descripción del propio Senaquerib de un “palacio sin parangón” y una “maravilla para todos los pueblos”.
Describe la maravilla de una espiral que elevaba el agua y formaba parte de un complejo sistema de canales, diques y acueductos para traer agua de ríos que estaban a 80 kilómetros de Nínive y los jardines colgantes. El texto registra que el agua se extraía “todo el día”.
Recientes excavaciones hallaron rastros de acueductos. Uno, cerca de Nínive, era tan grande que, según dijo Dalley, desde el aire sus vestigios parecen un tramo de autopista. Después de haber abordado su teoría en 1992, Dalley está presentando ahora una multitud de pruebas en su libro “El misterio de los Jardines Colgantes de Babilonia”, que Oxford University Press dará a conocer el 23 de mayo. La autora supone que dividirá a la opinión académica, pero la evidencia la convenció de que los jardines de Senaquerib cumplen con los requisitos para ser una maravilla del mundo, “una concepción magnífica, espectacular en materia de ingeniería y artísticamente brillante”. Dalley reconstruyó textos antiguos donde se revela un jardín que recreaba un paisaje de montaña. Tenía terrazas, senderos con columnas, plantas exóticas, árboles y torrentes ondulantes. Hasta el momento, es poco lo que se ha estudiado sobre Nínive porque se consideraba que el lugar era peligroso para hacer excavaciones.
En la Sagrada Biblia se cita un oráculo que lanzó el profeta Nahum, en referencia a Nínive. (3, 1-7):
1  !Ay de ti, ciudad sanguinaria, llena toda de fraudes y de extorsiones, y de continuas rapiñas! 2 Óyese estruendo de látigos, estruendo de impetuosas ruedas, y de relinchos de caballos, y de carros ardientes, y de caballería que avanza, 3 y de relucientes espadas, y de relumbrantes lanzas, y de muchedumbre de heridos que mueren, y de grandísima derrota: son innumerables los cadáveres: los unos caen muertos encima de los otros. 4 Todo esto por causa de las muchas fornicaciones de la ramera bella y agraciada, la cual posee el arte de hechizar, y ha hecho esclavos de sus fornicaciones a los pueblos, y de sus hechizos a las familias. 5 Aquí estoy yo contra ti, dice el Señor de los ejércitos, y descubriré tus infamias ante tu misma cara, y mostraré a las gentes la desnudez tuya, y a los reinos tu oprobio. 6 Y haré recaer sobre ti tus abominaciones, y te cubriré de afrentas, y te pondré de modo que sirvas de escarmiento. 7 Y entonces todos cuantos te vieren, retrocederán lejos de ti horrorizados, diciendo: Nínive ha sido asolada. ¿Quién con un movimiento de cabeza mostrará compasión de ti? ¿Dónde buscaré yo quien te consuele?

sábado, 11 de mayo de 2013

DESPERTAR

Por Elétor
hectorco@infovia.com.ar
Despertó en la playa. Ladeó la cabeza de un lado al otro y se encontró solo. El murmullo de las olas llegó a sus oídos y sus ojos miraron la lejanía contemplando el vacío del horizonte. En un instante, tuvo el acertado sentimiento de que había sido abandonado y la experiencia súbita de la soledad absoluta ante la pérdida de su entorno tan  familiar  hasta ese momento. El amo de siempre que  había jugueteado con él innumerables veces y que tantos mimos le había ofrecido ya no estaba a su lado; se había ido quien sabe adónde para no retornar a buscarlo. Esa sensación de desconcierto duró algunos minutos y aunque no estaba en  su naturaleza el contabilizar el tiempo sino solamente merodear por el espacio,  experimentó  de repente que de un lugar apacible y placentero, el paisaje se le tornó arisco y  muy lejos de ser hospitalario  y un sitio poco favorable donde  arraigarse. Se levantó miró hacia todos lados y comenzó la ardua tarea de caminar lentamente por una de las calles centrales de la ciudad  que para él era solamente un sendero más y que no tenía un nombre, ni número, y que esa caminata tampoco significaba ahora un paseo como cuando salía a correr  con su amo y evocaba el sonido con que lo llamaba , que aparentemente en el lenguaje humano significaba algo, pero que para él no era nada más que  un eco  que correspondía con gestos de alegría y de obediencia en los espectaculares  saltos que realizaba alrededor de piernas conocidas y de una mano que sujetaba una correa que terminaba con algo así como un collar arrollado a su pescuezo.
Siguió caminando, observando cada cosa que se interponía en su camino. De pronto se dio cuenta que tenía hambre y sed. ¡Qué fácil resultaba antes el tener esas sensaciones y lo rápido con qué le suministraban  esos elementos cuando los necesitaba! ¿Cómo haría ahora? Miró a su alrededor y vio un charco con agua.  Al principio dudó pero la sed era muy grande, así que se precipitó rápidamente en el charco, que a él le pareció un oasis y sorbió esa estancada agua  con ganas una y otra vez hasta saciar la sequedad áspera de su garganta. También y un poco más adelante  vio un bulto tirado en  la calle, lo rompió y con sorpresa comprobó  que había comida que alguien había escondido en esa bolsa. Engulló con rapidez esos restos hasta terminarlos. Los humanos dicen que sólo ellos son capaces de rumiar cosas en su cerebro pero él evidentemente rompía con esa regla.
Se le ocurrió cavilar que aquello que le ocurría ¿no sería acaso el precio que había que pagar por no contar con un dueño que le proporcionara el alimento y cierta protección, a cambio de soportar los cambios de humor y  sus quejas y a veces hasta  sufrir algún  castigo, cuando algo que  hacía no estaba dentro de sus planes? Se sintió anímicamente un poco mejor y se alegró de poder ir libremente por donde quisiera sin que lo condicionaran con el collar y le indicaran con golpes de soga el camino a seguir. También sospechó  que surgirían inconvenientes y nuevos peligros y que el mundo que se abría ante sus ojos no era un lecho de rosas, pero experimentar que solamente era un ser libre y sin ataduras,  era eso lo que ahora importaba.
En ese súbito despertar lo embargó una inmensa alegría y husmeando ávidamente el sendero, se alejó calle abajo hacia otro destino para él desconocido.